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INTERNAS EXPLOTADAS EN MAQUILA DEL PENAL TANIVET

image_31_114Purgar una condena o esperar una sentencia en el Centro de Reinserción Social Femenil Tanivet significa, para alrededor de 170 internas, un cúmulo de agravios que aniquilan aún más los derechos limitados por la pérdida de la libertad.

Unos días bastaron a Silvia Pulido Diosdado al frente del penal para propiciar la inconformidad de reclusas que, acusan, padecen la falta de herramientas de trabajo, sanidad y medicamentos, así como un trato discriminatorio.

Maquiladora llega para explotar

Si el año pasado Orfe se salió de trabajar en la maquiladora que empezó a operar con la promesa de una beca de 650 pesos semanales por coser batas, blusas, faldas y otras prendas, es por la dilación en el pago  y que las horas extras no fueron remuneradas.

“Al final de la semana siempre había un pretexto y no nos pagaban completo”, lo que la hizo exigir los pagos atrasados e incluso luchar para salirse de la maquiladora, bajo la amenaza de las autoridades penitenciarias de trasladarla a un Centro de Readaptación Social Federal.

PROMESA DE TRABAJO DIGNO
La Maquiladora Álvarez ofreció:
Pagar una beca de 650 pesos semanales
A cambio pedía coseer 800 prendas de ropa.
Horario: De 9:00 a 17:00 horas.

 

Su habilidad con la máquina de coser propició que Hilda se sintiera obligada por la ex directora, Elsa Gómez Carreño, a entrar a la maquila y, en agosto, antes de que se oficializara el convenio con la empresa Álvarez para capacitar a 25 mujeres, ya era parte de un proyecto que se cumplía a medias.

“Según la beca era de 650, pero sólo nos daban 300 pesos, para diciembre ya me debían 2 mil 40 pesos”, relata una mujer que cosía 500 piezas al día, lo que equivaldría a 26 centavos cada una.

Al salirse de la maquiladora, siete internas que saben manejar las máquinas lograron acuerdos con las autoridades penitenciarias para utilizarlas y colocar forros, broches y demás acabados de las bolsas que venden sus compañeras.

El regreso de la empresa Álvarez, el pasado 20 de enero, no representó un problema, sólo ocho internas aceptaron participar, pero el uso de las máquinas se limitó a quienes eran parte del proyecto.

Ni una más aceptó sumarse. No les intimidó la carga de trabajo sino la informalidad en el pago. La falta de alguien que termine las bolsas de malla y tejido, paralizó la principal economía de las internas.

Armar bolsas de malla, menos esclavizante que acudir a la maquila.

La rebelión

La problemática no fue entendida por las autoridades. No cumplir con el pase de lista de medio día fue una primera insubordinación, el jueves 1 de febrero y el viernes siguiente hicieron que la subsecretaria de Prevención y Reinserción Social de la Secretaría de Seguridad Pública, María Concepción Tovar Monreal, se presentara.

En vez de generar acuerdos, ellas se sintieron discriminadas, hechas menos por estar presas, aunque algunas llevan hasta siete años esperando una sentencia que las condene o deje en libertad.

A quienes prefieren tejer manualidades la servidora pública las denigró. “Nos dijo que allá las que no quisiéramos aprovechar la oportunidad de la maquila que siguieramos con nuestro ganchito”, recuerda María del Rosario, una mujer que sabe coser pero no participa en el proyecto porque “pagan muy poco”.

Confinar a reclusas del fuero común a su área para que no convivan con las del fuero federal, a quienes les compran los hilos para bordar o tejer, es una medida con la que Aleida cree que las orilla a entrar a la maquila.

Anomalías según informe de CNDH
• Deficiente integración del expediente técnico-jurídico de cada interna.
• Separación entre procesadas y sentenciadas.
• Actividades laborales y de capacitación.
• Actividades educativas.
• Actividades deportivas.
• Acciones relacionadas con los beneficios de libertad anticipada

 

Sin derecho a la salud

Pero para ella lo más preocupante es el impedimento al área administrativa para que en su nombre puedan cobrar los envíos que le depositan en Monterrey, así como la falta de medicamentos y atención médica nocturna o de la madrugada para enfrentar una emergencia de su hija de un año y dos meses de edad quien, como otros ocho menores, viven en el penal.

“Hace un mes se puso mal mi nena, en la noche empezo con vómito, se deshidrató 12 horas; batallé para que la llevarán al médico y tuve que comprar las medicinas. Recayó y no dejaban que saliera con una persona que yo autorizara porque aquí no tengo familiares, debió venir mi madre desde Monterrey para acudir con un médico particular”, relata.

Victoria también debe costear sus medicamentos que ascienden hasta 550 pesos para hacer frente al dolor que le provoca la rotoescoleosis detectada en su columna hace 4 años, casi el mismo tiempo que ha estado interna en Tanivel.

Después de que fue trasladada de la penitenciaria Central de Santa María Ixcotel, sus dolores han aumentado, “el clima es más frío”, dice mientras muestra diversos comprobantes de pagos de medicamentos por hasta diez pesos.

Nada que aprender

Reunir esos diez pesos a Silvia le significa lavar cinco prendas de sus compañeras, quienes pagan sólo dos pesos si le proporcionan jabón. En los siete años en espera de una sentencia, no ha podido concluir ni su primaria.

“Antes venía una maestra, pero ya no”, cuenta con timidez una mujer que de recobrar su libertad volvería a lavar ropa o a elaborar bolsas, la única actividad que aprendió desde que estaba interna en el penal de Ixcotel.

Cada interna tiene una inconformidad y de alguna manera coinciden unas con otras. En medio del encierro sentir que pisotean los pocos derechos que les quedan las remontan a una medida de presión: ponerse en huelga de hambre.

Las pretensiones de dotar de herramientas a una mujer para que se reincorpore a la sociedad, aquí no se cumplen.

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